Simbiosis

El pequeño pulgón no tenía nombre. Tampoco le hacía falta. Su vida se reducía a engordar cada día, apilado junto a otros tantos de su especie. Sin embargo, habría jurado que tenía sentimientos. En aquel pequeño mundo donde todos trabajaban codo con codo para contentar a las hormigas, no había tiempo para pensar. Y sin embargo allí estaba él, atormentado por el misterio de su propia existencia.

Una gran hormiga, una obrera quizá, pasó a su lado sin ningún tipo de respeto, pisoteando los cuerpos de muchos de sus congéneres. Iba a protestar, pero entonces sintió un fuerte tirón a su espalda y salió volando por los aires. Las hormigas estaban empezando a trasladar a la colonia hacia una nueva zona de alimentación. Con estrépito, agarraban a los pulgones con sus grandes mandíbulas, y los llevaban en volandas. Muchas llevaban diez o doce de aquella forma, y no fueron pocos los que cayeron a ambos lados de la rama. Pero poco les importaba que murieran tantos en aquel acto rutinario, mientras siguieran teniendo su habitual ración del odioso líquido.
El líquido era la razón de todo aquel montaje. El único motivo de que los pulgones aún conservaran la vida, por el momento. Porque en aquel mundo de miedos e incertidumbre, había un peligro mucho mayor que las hormigas, a la vuelta de la esquina.

Efectivamente, en aquel momento apareció uno de aquellos enormes coleópteros que nosotros conocemos como mariquitas. El dibujo de sus alas imponía respeto, pero no fue eso lo que asustó a los pulgones. El enorme tamaño de sus mandíbulas quedaba eclipsado ante su velocidad al usarlas. Las hormigas la mantuvieron a raya para que no descendiera por la rama, pero no hicieron nada por los que estaban en lo alto.
La mayoría de los pulgones ni siquiera levantaban la vista ante su inminente destino, se limitaban a seguir alimentándose, un poco más.

Un segundo antes del fin, tuvo miedo. Fue sólo eso, un segundo, pero por ser el último duró mucho más.

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