Pero asombro de todos; ya no quiere soñar. Se acabaron los cuentos de luz y de magia, el jinete y su lanza, el dragón infernal, y la nave que representa la libertad. Los salones de Moria se han quedado pequeños; el río, el valle y la ciudad de los hombres, bajo el cielo de Gondor ya no hay más horizontes. Él ya no quiere ser huésped de los reyes del norte, de las gentes sencillas de la vieja comarca, ni acampar junto al río donde susurran los árboles. Quien fuera Túrin Turambar, burlador de serpientes, el guerrero valiente de las Tierras de Aquende al otro lado del mar. Quien pudiera gozar del mortal privilegio. Ser verdugo de amigos, a su hermana amar, haber sido testigo de crímenes sin igual. Quien pudiera encontrar los motivos bastantes, para hablar con la espada de sus grandes desastres. Y a la hora de la muerte, escoger fecha y lugar.
El pequeño pulgón no tenía nombre. Tampoco le hacía falta. Su vida se reducía a engordar cada día, apilado junto a otros tantos de su especie. Sin embargo, habría jurado que tenía sentimientos. En aquel pequeño mundo donde todos trabajaban codo con codo para contentar a las hormigas, no había tiempo para pensar. Y sin embargo allí estaba él, atormentado por el misterio de su propia existencia. Una gran hormiga, una obrera quizá, pasó a su lado sin ningún tipo de respeto, pisoteando los cuerpos de muchos de sus congéneres. Iba a protestar, pero entonces sintió un fuerte tirón a su espalda y salió volando por los aires. Las hormigas estaban empezando a trasladar a la colonia hacia una nueva zona de alimentación. Con estrépito, agarraban a los pulgones con sus grandes mandíbulas, y los llevaban en volandas. Muchas llevaban diez o doce de aquella forma, y no fueron pocos los que cayeron a ambos lados de la rama. Pero poco les importaba que murieran tantos en aquel acto rutinario, mientra...
¡Que sólo estás, mar! Envuelto en tu visión de grandeza. ¡Que sólo estás sin saberlo! El eterno movimiento que envuelve a tus olas es también una eterna tristeza. ¿No habrán tus aguas de descansar en alguna orilla? He intentado asomarme a tu playa. Bajar las estrellas a las aguas para ti. Pero tú, eterna insistencia, prefieres las olas que giran, y tus aguas no descansan en ninguna orilla.
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